Comparto esta
entrada de la página de Profética sobre la presentación del aria de Giacomo, escrito por la narradora Judith Castañeda.
No se trata sólo de páginas a veces más blancas, a veces tendientes
al color arena, cargadas de tinta, de ideas confusas, lineales o
sencillas. Un libro es más que el objeto físico. Y por extensión, la
escritura se vuelve un cuarto al que llegan autor y lectores, un sitio
de diálogo no sólo entre personas vivas o entre vivos y muertos, como
escuché de Enrique Serna en una charla a principios de febrero, en un
encuentro de narrativa en Tlaxcala. La literatura, los libros, son
también un punto de encuentro entre géneros.
Y en este encuentro muchas veces las fronteras se difuminan. Acerca
de una de esas líneas borrosas hablaron el pasado 21 de febrero Yussel
Dardón, Jaime Mesa y Álvaro Hernández durante la presentación del libro
El aria de Giacomo,
de Mario Martell Contreras. Publicado por Ediciones de Educación y
Cultura a finales del 2012, el volumen de 150 páginas y formato pequeño
fue también un punto de reunión entre compañeros de trabajo del diario
Intolerancia.
¿Dónde podemos encontrar la división entre periodismo y literatura,
entre ficción y no ficción?, preguntaron al otro lado del micrófono.
Creo que en una hay o puede haber mucho de la otra: un cuento o una
novela que toma como punto de partida las noticias del diario, una
historia de ficción donde se intercalan notas periodísticas reales a la
trama, un reportaje en el que el autor cuelga metáforas o se constituye
en el narrador en primera persona que va entregando los acontecimientos,
las impresiones. Y entonces recordé que en presentaciones anteriores
comentarios de quienes en ese momento ocupaban la mesa, del público,
también abordaron la dificultad para mantener separados ambos géneros. Y
creo que la duda puede seguir, pues mientras algunos autores tienen
clara la línea divisoria, habrá quienes, en un mismo párrafo, en un
mismo texto, vayan de la creación literaria a la “literatura bajo
presión”, como calificaron al periodismo desde la mesa, casi sin darse
cuenta.
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Álvaro Hernández, Mario Martell y Jaime Mesa (foto tomada del sitio de la libreria profética) |
Supongo que no distinguir la frontera entre géneros es una posible
causa de esos libros híbridos, por así llamarlos –aunque no la única,
por supuesto; el autor también puede tener la intención de combinar
periodismo y literatura, poesía y ensayo, filosofía y narrativa… Al
micrófono mencionaron a Truman Capote, su obra
A sangre fría,
compuesta por entrevistas y trabajo de investigación en torno a una
noticia aparecida en noviembre de 1959 en el New York Times, acerca del
asesinato de los cuatro miembros de una familia en Holcomb, un pueblo de
Kansas. Desde el principio, la meta del autor estadounidense fue
escribir lo que se conoce como una novela de no–ficción, inaugurando
dicho género (género que, por otro lado, tal vez no sea por completo
posible: Truman Capote, al no presenciar los hechos, debió imaginar
algún fragmento).
En el caso de
El aria de Giacomo se conjuntan la narrativa y
el periodismo para formar una “crónica general” llena de poesía,
música, filosofía, sociología, como escribe Jaime Mesa en la cuarta de
forros.
Y para ilustrar un poco esta unión entre géneros, el autor nacido en
1970 en Córdoba Veracruz, leyó uno de los primeros textos que conforman
el libro, “El cronista como bufón” –“Intercala (el cronista, bufón de la
corte) sus sombríos pasos en esa zona de tránsito que es la
escritura”–. “¿Cuántas veces el discurso es siempre el mismo pero el
cronista necesita reinventarlo?”, dice un párrafo más adelante.
Esa pregunta contiene otro aspecto de la creación, de la escritura:
la mirada del autor. Una frase escrita con idéntica redacción es
distinta. “Cerró la puerta”: mientras en la primera el picaporte es
dorado y circular, en la segunda hay una manija plateada, el que la
cerró lo hizo rodeando la perilla con ambas manos, con una sola. En
contraposición a esto se encuentra el hecho de que posiblemente ya todo
esté narrado. Entonces ¿qué falta por decir? La respuesta, o por lo
menos eso creo, también se encuentra en la mirada del escritor, quien
debe localizar un rincón inexplorado, buscar una variante, adicionar
algo que vuelva nuevo un tema tratado por una o varias plumas a lo largo
del tiempo.
Hojeando las últimas páginas del libro, me llama la atención una
frase que no se me había ocurrido: “La escritura es una doble ausencia,
cuando se escribe el lector no está con el escritor, entendida en un
sentido de terapia nos coloca a solas frente al texto”. Y en cierta
manera es verdad; cuando el lector llega el escritor se ha retirado,
dejando nada más su texto, además, tanto la lectura como la escritura
son actos solitarios, ¿quién no ha cerrado la libreta o el libro cuando
otro se asoma sobre su hombro para ver qué escribe, qué está leyendo?
Junto a esto, otras reflexiones acerca del libro, de la lectura (“El
libro es sagrado y alado… El lector explora todas las formas de vida
inscritas en el libro”), instantáneas en las que un autor es asediado
por lectores y prensa después de una conferencia sobre David Alfaro
Siqueiros en el museo Amparo, paseos por Profética (“Siempre vale la
pena perderse en la librería Profética, imán de bebedores de café, de
bloggers desquiciados”), conviven para hacer de
El aria de Giacomo un volumen tan diverso como las visiones acerca de la escritura, como la propia creación literaria.