Puebla de los Ángeles es una ciudad fundada como un gran proyecto del racionalismo. Es el racionalismo de su traza urbana y la planeación, al servicio del sueño de misioneros católicos y de los nigromantes ilustrados; la construcción de una nueva cartografía más que el descubrimiento de un Nuevo Mundo: porque esto será una tarea ardua que requerirá volver al salvaje, a, sin alma un semejante. La discusión teológica sobre la ausencia o presencia del alma en los indios de las tierras descubiertas por los viajeros y conquistadores españoles se vuelve un tema vigente para los evangelizadores.
Pero en términos de la modernidad se trata del primer acto hermenéutico y ético del Nuevo Mundo que inicia con la Conquista o mejor dicho con la caída de Tenochtitlán,y aún no se concluye, es decir, si ocupamos la terminología religiosa, un verdadero acto de conversión: metanoia significa transformación del entendimiento pero esto sólo surge de un acto en el que también se transforma el corazón. Los convertidos no son los “nativos bárbaros” a los que la civilización occidental intenta transformar a través de la evangelización, en el virreinato, y luego de la educación, en las repúblicas liberales latinoamericanas: todos estos actos para borrar de la imagen del mundo –patrimonio de Occidente- el rostro invisible del Otro. Como se ve, al mismo tiempo que el gran sueño cristiano construye ciudades lo hace devorando todo aquello que le resulta forastero, extraño, salvaje, sin alma, que interpela la estabilidad de sus creencias, en fin que intenta hacer una fisura en la imagen del mundo para dominarlo bajo el criterio de la ideología peninsular.
Las ciudades indígenas y nativas fueron el primer acto tecnológico en el Nuevo Continente. Fue la idea empirista de la tabula rasa la que se impuso a pesar de la filosofía escolástica que se enseñaba en las universidades del Viejo Mundo Hispano. Eso fue la capital de la Nueva España donde se encontraba México-Tenochtitlán. El nuevo mundo es una gran empresa tecnológica.
El crítico literario Ángel Rama nos recuerda en La Ciudad Letrada cómo se trató de un acto verdaderamente divino: la creación ex nihilo de lo que se creyó era la transposición de sueño de una nueva época del mundo.
La ciudad latinoamericana ha venido siendo básicamente un parto de la inteligencia, pues quedó inscrita en un ciclo de la cultura universal en que la ciudad pasó a ser el sueño de un orden y encontró en las tierras del Nuevo Continente, el único sitio propicio para encarnar. (..) La ciudad fue el más preciado punto de inserción en la realidad de esta configuración cultural y nos deparó un modelo urbano de secular duración: la ciudad barroca.
Desde la avenida Periférico – que une el antiguo Totimehuacan, hispanizado como San Francisco Totimehuacan, una población donde hoy abundan las pandillas de jóvenes de origen indígena, con Cholula, para desembocar en la autopista hacia la ciudad de México- se observa la cúpula de la Capilla de los Remedios construida en 1594 sobre una pirámide del antiguo señorío cholulteca, aunque la intención es otra el mensaje es evidente: sobre la destrucción de las antiguas culturas indígenas se construyó el gran sueño de las ciudades novohispanas. Los antiguos pueblos indígenas de Cholula, Huejotzingo, Tepeaca y Totimehuacan rodean el valle donde se edificó el sueño cristiano de la ciudad de Puebla: una utopía cristiana construida bajo las reglas urbanísticas del racionalismo.
La vivencia no puede ser más clara: es una estratificación que muestra las edades, y que Ángel Rama en su libro póstumo La ciudad letrada identifica y desarrolla. Desde este panorama de lo que Rama denomina “la ciudad ordenada” –es decir, la ciudad planificada desde la península, siguiendo las directrices de la lógica de Port Royal, ciudad bajo una episteme- se llega, dice el crítico literario, a una ciudad de la escritura conformada por leyes, códigos, cartas, mapas, emblemas, blasones, sellos, tratados, opúsculos y ordenanzas, ciudad escrituraria que requiere una serie de instituciones culturales.
Puebla es el ejemplo de lo que sucede en la Nueva España. Puebla adquiere la denominación de ciudad, y al poco tiempo de su fundación, se desarrollan instituciones culturales, entre otras, como el Colegio del Espíritu Santo –recinto de formación en teología, humanidades y filosofía de la orden de los jesuitas. El diseño urbanístico incluye la formación de sus propios cuadros intelectuales, de su ciudad escrituraria. Luego de la barbarie, de la imposición de un modelo cultural porque la Conquista es ante todo la reivindicación de la hegemonía de Occidente sobre la civilización indígena, se sigue el modelo de Rama: alrededor de la ciudad escrituraria, una serie de anillos circundantes, las clases sociales y grupos étnicos –indígenas, negros, la plebe, ibéricos desplazados- en la periferia.
El poder se concentra, nos recuerda el crítico literario, también en quienes dominan el orden de la escritura en el Nuevo Mundo porque permiten la relación con la Península, no se trata solamente de una “burocracia” incipiente sino de una ciudad bajo un orden de los signos: la cartografía y el conocimiento son ahora un desfile de significantes, es decir, un sistema de teoremas y axiomas.
Pero frente a esta anulación de lo Otro, del dualismo “barbarie-civilización”, “pagano,-bautizado”, “aborigen- alma”, “oralidad-escritura” hay reacciones, entre otras las de teólogos y obispos, como Fray Bartolomé de las Casas, Francisco Xavier Clavijero – intelectual formado en el Colegio de Espíritu Santo que conducen los jesuitas en Puebla y autor de la célebre “Historia Antigua de México”- las del padre Fray Servando Teresa de Mier (éste ya en el siglo XIX) que coinciden con una tarea fundamental: construir un aparato contra-ideológico que permita el reconocimiento del Otro con los mismos derechos y capacidades cognoscitivas que los peninsulares, pero lo que es una tarea ética adquiere claras connotaciones políticas en los momentos de la lucha de las colonias por emanciparse de la Metrópoli hispana.
En ese sentido, Puebla se transforma en una ciudad escrituraria en una verdadera ciudad letrada con sus instituciones ideológicas –como colegios y bibliotecas- se inscribe en el orden de las ciudades del Nuevo Mundo, sin duda, esta tradición se preserva, a la par de las transformaciones democráticas –contradictorias y experimentales. Esta inercia intelectual se va desgastando hasta llegar a nuestros días: pasando en el siglo XIX y principios del XX con el surgimiento de la prensa y la fertilidad del pensamiento democrático y liberal, como la difusión del pensamiento positivista por el médico, Gabino Barreda, fundador de la Escuela Nacional Preparatoria, creando un sistema educativo de carácter científico; el ejemplo de los clubes antirreeleccionistas de Puebla formados por la familia Serdán es sobre todo una tarea intelectual; y el pensador Luis Cabrera en el período revolucionario, para llegar al surgimiento de vanguardias literarias, de carácter corrosivo, ninguneadas por la crítica, como el estridentismo que lanza en Puebla el 1 de enero de 1923 su segundo manifiesto.
Esta gran ciudad letrada es ahora acotada por los procesos de modernización, de liberalismo y despotismo ilustrado en su hechura de nacientes repúblicas. Surgen así, personajes y actitudes como las de Joaquín Fernández de Lizardi: a las que llamaremos intelectual bisagra.
El intelectual bisagra del siglo XIX
El crítico colombiano, Rafael Gutiérrez Girardot, nos recuerda en su libro El intelectual y la historia que durante el breve período en el que se reconoció la libertad de imprenta por la Constitución de Cádiz de 1812, unos cuatro meses, surgieron algunas publicaciones como El Pensador Mexicano de Joaquín Fernández de Lizardi. El punto central de la argumentación Gutiérrez Girardot en el caso de Fernández de Lizardi es que por sí sola la libertad de imprenta no significa un avance democrático porque se carece, y ese fue el caso del México de 1812, de una verdadera opinión pública.
“Para que haya opinión pública es necesario que haya quien quiera formarse y pueda expresar un juicio, y esto lo podía hacer sólo una minoría. Por eso, Fernández de Lizardi esbozó su programa de educación gratis, obligatoria y popular. El programa no era un proyecto aislado, sino que, concomitante, con sus polémicas y folletos, era un programa de ilustración social, esto es, de crear los presupuestos (la educación pública) y al mismo tiempo ponerla en marcha.”
En el desarrollo de su argumento, el crítico e historiador de la literatura latinoamericana subraya que Fernández de Lizardi no se satisfacía, tal y como sucedió con otras obras contemporáneas, con los postulados ilustrados que llegaban a América: “criticar” e “ilustrar” sino que se dirigió más allá de quitarle estos privilegios al sector clerical católico por la ciencia y la razón, su intención era “educar”.
Cita como ejemplo de este proyecto los números 7,8 y 9 de El Pensador Mexicano —impulsado por la breve duración, 4 meses, de la libertad de imprenta, otorgada por la Constitución de Cádiz de 1812 —donde, nos recuerda Gutiérrez Girardot, se esboza un programa de instrucción primaria de cobertura mayoritaria, de profesionalización de los profesores y de pago por parte del Estado a los maestros, evitando los riesgos en los que incurre el “absolutismo ilustrado”, una inclusión del pueblo pero sin el pueblo, con “el pueblo” pero sin aquellas masas desposeídas y sin alfabetización.
Fernández de Lizardi añade a estos comportamientos, el desligarse de los mecenazgos y depender de su propio trabajo creador y editorial. Un comportamiento impensable para aquellos días, y que hoy en muchos lugares sigue resultado inimaginable.
En esta lógica, el argumento de Gutiérrez Girardot desemboca en una consecuencia moral y política: si el Estado es el responsable de la educación, lo es porque si requiere mantener los logros de las independencias, es también responsable de crear una opinión pública, o como señala el crítico colombiano, el programa de alfabetización era más que eso; implicaba la exigencia de que el Estado que iniciaba su constitución, esto es, el nacido de la Independencia, fuera coherente: que cuidara de las condiciones para formar una “opinión pública”, nos dice Gutiérrez Girardot, única garantía de la independencia.
El desdén a la crítica y a la opinión pública
Mientras el sector literario que escribe desde las ciudades de Puebla busca incorporarse a la metrópoli, a los canones, y al reconocimiento, lo hace repitiendo en la mayoría de sus intentos, las vías ya probadas por narradores y poetas del circuito cultural capitalino de la década de los 70´s y mediados de los 80`s, al mismo tiempo ha renunciado, en aras de cierto esquema de creación literaria a la crítica, renuncia a la crítica que ha sido, en otros lugares del Continente, evaluada por Noé Jitrik cuando expresa: “La crítica literaria ha tenido en América Latina un desarrollo que podríamos llamar como “desigual” en relación con el que ha tenido la literatura. En efecto, si se mira en su conjunto, la historia de la crítica se advertirán por lo menos dos hechos: uno, que hay momentos vacíos, casi como lagunas en su territorio, sin propuestas de ninguna índole; el segundo, que al parecer las grandes obras y los grandes nombres, pertenecen con pocas excepciones a los productores de literatura y no a los críticos”.
Ante este escenario, del cual el sector local no escapa, el estudioso de la literatura Noé Jitrik, en su libro La vibración del presente: Trabajos críticos y ensayos sobre textos y escritores latinoamericanos señala: “Este desajuste entre crítica y literatura podría justificarse si se pensara, como muchos piensan, que la actividad crítica es secundaria y que, por el contrario, la producción literaria, genérica, es lo esencial; pero, si en cambio, se considera que las dos son vertientes de un mismo río, que no es posible concebir desarrollo literario sin un adecuado aparato crítico, es posible y legítimo preguntarse qué pasó y qué pasa, por qué, aparentemente al menos, la crítica no está a la altura de la creación literaria, orgullosamente representativa de una capacidad y un poder”.
La afirmación de Jitrik es pertinente, no porque la crítica que se escriba en Puebla y en el país, no esté a la altura de las creaciones genéricas de literatura sino que por el contrario, no hay una resonancia entre las obras literarias escritas localmente y la crítica; no hay un desarrollo literario que camine paralelamente a la crítica —a pesar de la oferta de las escuelas de literatura en el nivel universitario en la ciudad— salvo la esporádica presencia de algunas reseñas o de los textos de presentación de libros siempre en tono afectuoso. Este déficit desmerece el esfuerzo de los autores dejando a novelas y libros de poemas al vaivén del mercado, a las fobias y filias de cofradías literarias, al ninguneo estereotipado o la exaltación irracional, dejando las explicaciones de la estética en manos de creencias sobre la genialidad o la extravagancia, como hechos artísticos e intelectuales inéditos que surgen por generación espontánea.
Es así que la creación de los autores locales vive inmersa en el paraíso de la creación en su propio Cuarto Propio, en un archipiélago de elogios. Inmune a la crítica pero gozosa con su auto-contemplación, en algunas ocasiones, ante la ausencia de un diálogo con la crítica.
Por momentos, la producción local cede a las tentaciones de una estética del regodeo y del juego de palabras, se deja empapar por la catarata del sentimentalismo como sustituto de la experiencia literaria o vital, sucumbe ante los nombres en otras lenguas y se olvida de las tradiciones en sus lenguas maternas, la traslación inmediata de fórmulas de literaturas en otras lenguas sin digestión ni trasculturación alguna y cuando intuitivamente percibe todo esto reacciona con una incomprensible lucha por incorporarse a la metrópoli, renunciando al provincianismo, anulando cualquier referente existencial, todo ello con códigos de una relojería literaria ya probada.
Quizás esta ausencia de una reflexión y crítica sobre las literaturas locales obedece tanto al ninguneo del proyecto de crear una “opinión pública” tal y como lo demandó Joaquín Fernández de Lizardi en el siglo XIX, lo que al mismo tiempo que afectó tanto la democratización del sector letrado como la del sector político local, porque un sector letrado que no dialoga con la sociedad y sus lectores, está lejos de ayudar a la formación de una opinión pública.
La clase política poblana persiste en las viejas prácticas para mantenerse el poder e inmovilizar cualquier evento democrático, al contrario de los intentos un incipiente sector de la cultura por la inclusión en los circuitos de la cultura nacional: la presencia de novelistas y poetas que escriben desde Puebla y lugares circunvecinos en editoriales nacionales e internacionales; la presencia de nombres de poetas y narradores en antologías; la difusión de revistas dedicadas a la narrativa y a la poesía, es un esfuerzo luminoso para la reconstrucción de una ciudadanía cultural.
El abismo que separa a la clase política poblana del sector intelectual no obedece sino a una lógica: el Príncipe no es Príncipe, el Estado no es Estado, y el poder del Estado se concentra en una sola persona, al margen de instituciones y del pacto federal, bajo la figura del federalismo que nos remite a un universo autárquico, donde se inmuniza de cualquier aire democratizador, ante una sociedad apática, que revela su inconformidad a través de la violencia comunitaria y la migración hacia los Estados Unidos en busca de mejores condiciones de vida.
En los países democráticos la brecha entre el sector letrado y los sectores dirigentes no es tan amplio: es más, son sectores que muchas veces se encuentran traslapados. No que se trate de un intelectual-político o de un intelectual-militante, sino de experiencias concatenadas.
Pero además de esto, la clase política poblana se encuentra desligada de cualquier proceso de modernidad democrática. Ha quedado atrapada entre la necesidad de controlar los procesos de cambio político, inmovilizando cualquier expresión democrática, inhibiendo la pluralidad. Desde el “Estado”, el sector dirigente captura cualquier versión democrática o alternativa del mundo.
La desconexión entre la clase política y el sector intelectual es uno de los resultados del Estado neoliberal y su capitalismo cuatachón, herencia del viejo priismo caciquil, y de la concentración del poder político en el “Jefe Máximo”, ahora “Primer Priista” o “titular del Ejecutivo”, lo que se avizoraba como un proceso para dotar de autonomías a estos dos sectores – lo que no sucedía en la sociedad novohispana con la ciudad escrituraria- ahora no hay ni utopía cristiana, ni proyecto nacionalista y liberal, el Estado es inexistente –no se puede hablar de una crítica del estado- cuando los clanes locales actúan al margen de las instituciones respaldados por la interpretación y ejecución de las leyes a su favor.
Es decir, mientras en la geografía poblana el priismo más rancio se rejuvenece para ser siempre el mismo. No olvidemos las aportaciones generosísimas de la clase política local al imaginario nacional y a sus infiernos: desde las innovaciones verbales del cabroñol y los coscorrones para desincentivar la vida democrática (Mario Marín Torres); la caída del sistema en 1988 para evitar la alternancia política nacionalista y de izquierda en las elecciones del mismo año (Manuel Bartlett Díaz); la mano extendida antes de la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en 1968 (Gustavo Díaz Ordaz), y frente, a los grupos formados bajo las prácticas priistas, compiten los grupos de la derecha: no se trata de promover al Yunque sino de recordar su promoción de una visión del mundo conservadora obstaculizando el reconocimiento de derechos a las mujeres, a la diversidad sexual y a concepciones alternativas, como las recientes negociaciones entre el Yunque y el priismo, para detener la movilización masiva ciudadana que reclamó la salida del gobernador, Mario Marín Torres, luego de la violación de los derechos humanos de la periodista Lydia Cacho Ribeiro, y la ofensiva nacional, en contra, de la discusión sobre la despenalización del aborto y de la eutanasia.
Ya en menor medida, no por su falta de gravedad sino de originalidad, la recreación de los partidos satélites y la pobrísima ciudadanización de los organismos electorales, la precariedad de los órganos de de transparencia, la frivolidad de los órganos de fiscalización y lo acotado del organismo de derechos humanos.
En este pequeño mundo local, la clase política encuentra un símbolo de la división social del trabajo que sin duda fundó toda una tradición intelectual del debate y la polémica que muestra ya cansancio: el abogado. El licenciado del viejo mundo priista del siglo xx se reactualiza con la figura del especialista: ya sea el politólogo o el especialista en políticas públicas egresado de instituciones privadas, ya no es únicamente el Estado el que forma a la clase dirigente sino que por un lado, la avalancha neoliberal y por el otro lado, la vieja demanda de los grupos conservadores, al mismo tiempo que vuelven el proceso educativo una mercancía o la ideologización de sus cuadros desde sus coordenadas, se han impuesto privatizando más que el proceso educativo las mentes.
No es que la política se haya convertido en una ciencia sino que ahora la clase política sustituye la alcurnia y las genealogías con los títulos académicos, es decir, de la ciudad ordenada y de la ciudad letrada ya sólo quedan referencias, la segunda ciudad más importante de la Nueva España es ahora una ciudad desmoralizada y sin proyecto a largo plazo, sin ninguna visión, donde se ahoga cualquier aire democratizador, y su sector letrado ha sido desplazado del círculo del poder, o mejor aún ese sector letrado, atareado en una definición estrechísima de la literatura –apenas como una técnica de la escritura o una aspiración del sentimiento- y no como una teleología, ha renunciado al ejercicio del poder de la escritura: ya sea para desmontar los propios mecanismos del poder, ya sea para ofrecer visiones alternativas, ya sea para desmitificar las simbologías hegemónicas, en suma, para ejercer una crítica de la episteme dominante (o de su clara ausencia) y así crear la opinión pública con la que soñó Fernández de Lizardi, y a la que le dirigió su obra Francisco Xavier Clavijero.
*ensayo escrito para el primer número de la revista Conversa