Las Olas de Woolf
La edición de Las Olas, por la editorial Pengüin, en su versión de bolsillo, presenta en la portada un detalle de Cliffs and Breakers de James Mcneil Whistler, de la colección de la Hunterian Art Gallery de Glasgow.
La versión de bolsillo, obsequia al lector con una breve introducción de Kate Flint, especialista en ficción de los siglos xix, y principios del xx. Su introducción inicia con una cita: The greater impersonality of women´s lives will encourage the poetic spirit, and it is in poetry that women´s fictions it´s still weaknes.
Y remata: Autobiography it might be called.
Es, una de las consecuencias de las Olas, refutar a través de la escritura, esta debilidad de la que habla Virginia Woolf . Si en la poesía la debilidad de las ficciones femeninas es todavía débil, la misión de las Olas, será condenar al olvido esta flaqueza.
La autobiografía no es un género menor. ¿Qué significa en estos términos que la autobiografía sea un asunto de géneros? ¿Podría mirarse a la autobiografía como este impulso del espíritu poético? Pongamos las preguntas de otra manera, entre la Confesión, el Diario Personal y la Autobiografía, se establecen semejanzas; el descubrimiento de la verdad de la propia vida, ya sea, desde el arrepentimiento por insistir en el camino equivocada, San Agustín, o Santa Teresa de Avila. Llevada hacia tonos alejados de la tensión religiosa, Rousseau. Aún, con esta intencionalidad manifiesta, la de confesar, encontramos, en el intercambio epistolar, rastros, indicios, pistas, tendencias, márgenes y riberas, donde la confesión se presenta involuntaria, y quizás por esto, con una amplitud no hallada en las piezas dirigidas, expresamente, para lograr tal propósito.
En el diario personal, los excesos de la intimidad, los escarceos sentimentales, emotivos; la pugna, a veces, recurrente, de la conciencia, que oscila, ante la justificación desanimada y el éxito de la culpa. La transgresión se vuelca en unísona escritura, en reconocimiento de la posibilidad de explorar territorios limítrofes. El riesgo, de esta escritura testimonial por cronológica y urgida de un espacio íntimo, es cierto aire de cursilería.
Las historias del encuentro de los diarios, (o de manuscritos que se daban por descontados) es el hallazgo milagroso, inesperado, y que a final de cuentas, resulta revelador. Los diarios secretos de fulanito, esperaban el fuego consumidor. Encontraron, la divulgación pública, el hartazgo del detalle, la masificación del acontecimiento. Por eso, la hipótesis de los diarios sinópticos. Narrar el acontecimiento, desde diversas voces. Platicar el acontecimiento para públicos diversos. He aquí, y no en la criptografía del diario, la posibilidad de convertirlo en un evento privado.
La autobiografía, es un ejercicio de la memoria. Como toda escritura, se templa en la memoria. Las palabras, sus caracterizaciones, efectúan recorridos que aran el pasado, y al mismo tiempo lo estructuran, lo construyen, lo edifican. La autobiografía, es una elegía de la retrospección.
De este modo, uno se percata de cierta constitución humana: los actos de habla, para decirlo con Austin, nos conforman. Somos, no únicamente, una sustancia, sino una colección de adjetivos, y de verbos. Los sustantivos, podemos mirarlos como haces de adjetivaciones, de modificadores de la acción; y como acciones.
Somos historia, no sólo en la dirección de lo que instauramos, y nos apropiamos. No sólo en esa recepción-dialéctica del hecho social. Construimos el hecho social que nos construye. En un tiempo, y en un espacio concretos, identificables, reconstruibles; un tiempo y un espacio, del cual podemos hablar. Hablar, aquí aparece, con esa fuerza de lo informativo, de cierta referencialidad; o como dirían, los positivistas del Círculo de Viena, apegado a un criterio de significatividad.
Así, es que la confesión, el diario, y la autobiografía son escritura del pasado. Son la vertiente individualizada de la Historia, con mayúsculas, y con su sana ventisca de metarelato; de historia, a veces anecdótica, por momentos, atrapada en la Edad de Bronce, épica, y de inmortales héroes. Siguiendo esta analogía, de los distintos tipos de historia, o de su evolución, ¿cuál, entonces, sería, la historia crítica? Creo, que estos elementos críticos, aparecen en la escritura de una vida que se evalúa. No es tan evidente, pero la evaluación de una vida, es un desperdicio del verbo evaluar ¿cómo podemos evaluar algo que no es nunca acabado, la vida? Y si fuera acabado, ¿cómo podríamos evaluarlo? Los términos tajantes y absolutos, son ofuscados por la misma vida.
Quizás, en este término medio de evaluación, la impersonalidad de la cita de Woolf, nos permitiría una salida provechosa.
La ficción y la historia apuntan a destinos disímbolos. Pero esta diferencia de destinos, es lo que se encuentra en crisis. ¿Cómo distinguimos, únicamente a partir de su estructura, de su organización, de su forma, ambos tipos de viajes? El viaje hacia la verdad. El viaje hacia la verosimilitud. ¿Qué hay en un texto que nos indique la verdad del mismo?
Podemos apelar, a las intenciones del autor (nótese este ejercicio de lo interpretado); a su honestidad, a la cercanía con el hecho, a su carácter testimonial. Podemos decir, que es un narrador que ha participado de los hechos. Entonces, cotejar con otras fuentes, y subsanar nuestras incertidumbres.
Desde el texto mismo, sólo podemos apuntar a la verosimilitud; a eso, que parece, pero que no es la verdad.
Los géneros testimoniales, nos proporcionan un nuevo destino. El de la verdad particular. No el de la opinión. No el de mi opinión. ¿Quién puede hablar “mejor” de nosotros mismos que nosotros?
Hay que tomar prudentes distancias.
Es aquí donde la impersonalidad tiene su ámbito.
Ii
Leamos de nuevo a Kate Flint: Woolf moved away from conventional patterns of plot… and claiming that the novel´s true task is the complex one of representing character.
Iii
Jaako Hintika ha escrito dos ensayos sobre Virginia Woolf. Uno, incidental, El viaje filosófico más largo. La búsqueda de la realidad como tema común en Bloomsbury. El otro, incide sobre el realismo de Russell y su representación en la literatura, el título es por demás conmovedor, Virginia Woolf y nuestro conocimiento del mundo externo.
En nuestro pesado mundo intelectual, la relación entre filosofía y literatura, no deja de ser tratada con languidez. Quienes poseen rigor filosófico, rigor del ejercicio de la argumentación filosófica, rara vez se asoman al mundo de la ficción. Quienes ejercen sobre la literatura, ya en la línea de la crítica, ya en el ejercicio de la escritura de ficción, cuando se lanzan a consensar estos territorios escindidos obturan sus motores.
La separación entre literatura y filosofía es peligrosa. Cuando se lee el Banquete, no es gratuita la intervención de poetas, médicos, legisladores. No son, nada más, personajes, cuyo trabajo es dar a conocer ciertos argumentos.
Cuando se lee el Tractatus, uno se encuentra ante una urbanización lingüística. Ante el rigor de la escritura de la contención.
El prólogo de Descartes en las Meditaciones, es una recuperación de la estilística epistolar; puede justificar, la misma demolición de aquello ante quien se justifica.
En las circunstancias, en que la filosofía ha querido acompañar a la ciencia, disciplina exitosa, heredera de los fracasos de la filosofía, es flexible al desligarse de la misma. Si la filosofía, ha buscado la verdad, y la ciencia, es quien la ha encontrado, (en este esquema superficial), entonces, el deslinde también debe dar al traste con las humanidades, con todo y literatura por delante. El existencialismo, y en menor medida, la fenomenología, cita de dos casos, son aves ajenas al estudio de la filosofía, de la filosofía de la ciencia.
En mucho ha contribuido, el desarrollo positivista a marginar los encargos de la literatura, exabruptos de la emotividad; la fantasía, como sentido sin referencia; o de plano, sin sentido.
Por otro lado, la literatura, quienes ejercen la literatura como profesión, ha dicho, basta ya al ninguneo de la modernidad. Nosotros, también estamos aquí, y también nos constituimos en conocimiento. Conocimiento, con este acento, de lo medible, lo cuantificable, lo unitario. De algún modo restrictivo, limitador de los devaneos de la opinión, del oportunismo crítico, se ha asentado una reflexión sobre la literatura con carácter metodológico, y de ahí a lo científico, no existe gran trecho.
Propongo una distinción mínima e irrisoria, que la cientificidad de la literatura, recupere la diferencia del objeto estudiado. Nueva distinción, decir objeto estudiado, implica, ya un corte, y estas tijeras, que aceptamos a priori, automáticamente, merecen también un escarceo previo.
¿Qué tijeras ocupamos para asignarle un lugar al objeto literario? ¿Las mismas para el humus literario? Escarbemos en Hintika: Virginia Woolf no está buscando a tientas tan sólo un método para representar la concepción del mundo de este o aquel personaje, diferente de la suya o de algún lector.
El texto no es una representación de una realidad. Digamos, en Virginia Woolf, sus textos, no representan una realidad, sino son la búsqueda de un método para representar la concepción del mundo en común.
Bertrand Russell no participó directamente en las reuniones del grupo de Bloomsbury. Fue G.E. Moore, quien sí lo hizo. En Certidumbre, Wittgenstein discute las posibilidades del realismo. Del realismo que Moore considera inexpugnable. Que dudar representa la aceptación de este juego de lenguaje, deplora ya la conducta del refutador sistemático. (Vaya oxímoron epistémico: alguien que duda ordenadamente, bajo ciertas reglas; para que el escéptico fuera consistente, necesitaría brincar al sinsentido o guarecerse en el silencio). Russell es un realista persistente, desde su concepción atomista de la realidad, hasta su búsqueda de universales en las relaciones (Pedro ama a María; Córdoba está al sur del Distrito Federal). Divide el conocimiento en conocimiento directo y conocimiento por descripción. El conocimiento directo es el que poseemos por nuestras percepciones de data-senses.
Traicionemos a Hintika. ¿Cómo conocemos? Memoria y conocimiento nunca se dislocan. Memoria, historia y lenguaje. La narrativa, entreverada, en la tensión de la poesía, y de la memoria. Memoria constituida, por millares de instancias, de minúsculos granos de acción, actividades que podemos codificar en una oración, actividades a las que les damos forma, a las que atrapamos, como pescadores, en una categoría; el mundo de la memoria, del lenguaje y de la historia, se condensa en la conciencia, conciencia no sólo de la fragmentación, como actividad independiente de un sujeto, sino de la fragmentación que conforma la conciencia. No es filosofía de la mente llevada a la literatura; o una relectura del problema de la identidad en Hume. No es tampoco, una reconfiguración psicológica.
En Las Olas, el fluir de conciencia, aparece no únicamente como un recurso narrativo. No. Narrativo entendido en la tesitura de lo que está en el mundo. Narratividad como fluir del mundo. El mundo fluye al nivel en que se percibe. El mundo se percibe y fluye. No estamos ante una polifonía (tan de modo con Kundera, o con ciertos momentos de una narratividad sinóptica, y limitante); estamos ante la conversión de la narrativa en episteme. Acotemos esto último, pensemos en la analogía entre Las Olas y su propia construcción.
domingo, enero 04, 2004
Con dificultad pudo atravesar la ciudad. Había pasado la tarde caminando, hormando los nuevos zapatos azules que había comprado para sustituir sus botas cómodas, apestosas, que le habían servido durante todo el año anterior. Ahora, pasaba de una idea a otra, de un acto de conciencia al siguiente, y aunque todos ellos eran sumamente distintos, conforme tomaban forma, conforme se hacían visibles a través de alguna conversación, de una secuencia uniforme de gestos, o del cambio, eso era, de estado de ánimo, en esa medida, se sentía pleno de sí, constituido por una verdad: la de él mismo recorriendo la ciudad esa tarde soleada de domingo. Podía argumentar con honestidad que él era él mismo. Que él, a pesar de lo disimbolo de cada estado de ánimo. Del tránsito efímero de la alegría al error, del ingreso al foro del desánimo para regresar debido a algún leve brote de alegría que de mantenerlo en vilo frente a su estado de ánimo actual lo angustiaba para cederle el control a la alegría operada por el juego de sombras en la calle, o por el recuerdo,y de eso también podía estar por completo seguro, que emergía y lo despojaba de todo desaliento para dejarlo varado en la orilla de la alegría. ¿Cómo podían -pensó- esos estados de ánimo dispares constituir una persona? Estaba seguro que él era él mismo. Y esto era un dato inmediato: No, no lo era, era algo que podía inferir, algo que podía saber. Pero no. No era ya él. El ser el mismo era algo a lo que se había simplemente acostumbrado. Un asunto de economía.
Lo escribía porque lo había leído: él era una historia. La trama de un tejido que al deshilarlo no queda nada.
...
También lo había hecho hace algunos días en otra ciudad, en otro clima, en Córdoba. Poderosamente lo había atraído esa atm+osfera tibia, semilenta, a punto de caer en el sueño pero que con una dosis invisible de tensión lo mantenía en la vigilia. Ahí, en el Zócalo de la ciudad -donde las palmeras crecian ahora igual que en las postales viejas que había mirado en su infancia y vigilaban desde su altura la tranquilidad de la ciudad- mientras el sol boceteaba sus sombras con la agilidad de un cotidiano visitante, con el trazo deshinibido de un habilidoso dibujante marcaba la zona luminoso de su contraparte sombría.
Ese umbral era el de un nuevo año que empezaba.
Y eso, si bien era una convención social: era también el indicio de una oportunidad para cambiar su vida.
...
Lo escribía porque lo había leído: él era una historia. La trama de un tejido que al deshilarlo no queda nada.
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También lo había hecho hace algunos días en otra ciudad, en otro clima, en Córdoba. Poderosamente lo había atraído esa atm+osfera tibia, semilenta, a punto de caer en el sueño pero que con una dosis invisible de tensión lo mantenía en la vigilia. Ahí, en el Zócalo de la ciudad -donde las palmeras crecian ahora igual que en las postales viejas que había mirado en su infancia y vigilaban desde su altura la tranquilidad de la ciudad- mientras el sol boceteaba sus sombras con la agilidad de un cotidiano visitante, con el trazo deshinibido de un habilidoso dibujante marcaba la zona luminoso de su contraparte sombría.
Ese umbral era el de un nuevo año que empezaba.
Y eso, si bien era una convención social: era también el indicio de una oportunidad para cambiar su vida.
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